Con el fracaso del gobierno actual, más otras elecciones y una división total de partidos, España parece una república bananera –perdón, monarquía– y eso que no producimos bananas, sino plátanos.

Esto es una vergüenza, así no funciona un país. Con unas elecciones cada año, debiendo más de un billón de euros, más una corrupción sistémica, devenimos un país de pandereta y poca cosa más. La pregunta, y al respecto de nuestros peleados políticos, es: ¿Para qué les pagamos el sueldo y las dietas que cobran?

Pues para mantener las cosas más o menos como siempre han estado en un país donde una aristocracia, y desde antes de la democracia, ostenta gran poder; donde un Senado de poco nos sirve; donde una monarquía nos cuesta unos ocho millones de euros al año, y donde unas autonomías deficitarias mantienen su estatus de mantenidas mientras otras, bajo fueros, casi ni se quejan.

Pero ante todos estos hechos, y otros, la política se dedica a maquillar con demagogia cualquier realidad sin que el país mejore en su conjunto, y tanto da la izquierda desunida, el centro tacticista, la derecha feudal como los extremos populistas. Nadie se une para resolver este disparate de país. Los peninsulares no somos borregos, a lo más deseamos políticos doctos, morales y expertos, pero los que nos llegan son mediocres, trepas y sin formación acorde.