El dinero desaparecido o caído en malas manos es el dinero de nuestros hijos. Un dinero que ya no está en el mundo del trabajo; que no lo tienen personas emprendedoras y honestas, capaces de crear empleo y esperanzas.

Mi hijo me preguntó: “¿Papá, crees que lo tenemos mal para el futuro?”. Yo le contesté que dependería exclusivamente de ellos mismos, de los jóvenes que, desconfiados con razón, ahora sólo piensan en ir a trabajar a un país decente, lejos del nuestro.

Ellos han de ser los que se queden y reconduzcan un país agotado y desmotivado. Le dije que los actuales ladrones institucionales –siempre las mismas caras– afortunadamente ya no vivirán en ese futuro para seguir robando.

El porvenir estará en manos de esos jóvenes con las ilusiones intactas, preparados y serios, que nos demostrarán a todos que las cosas pueden mejorar, con buenas prácticas y honradez a toda prueba.