El vertedero de Can Mata en Hostalets de Pierola tenía su vida útil hasta el año 2011, después de haber comenzado clandestinamente en los años 70. Después de varias ampliaciones, de nuevo se presenta otra, pasándola ahora a consulta del 43% de los vecinos que participaron. En dicha consulta no han permitido que poblaciones tan directamente afectadas como Masquefa, Collbató, Esparreguera y todas sus urbanizaciones pudieran participar en la consulta que se hizo el domingo día 21 de marzo, como si la cosa no fuese con ellos y como si en un futuro no se pudiese ver afectado el subsuelo del enorme enclave, al encontrarse junto al paraje más bonito de Cataluña, la montaña de Montserrat, y en un torrente de acuífero de la Conca del Llobregat que suministra agua a Barcelona y gran parte de las comarcas del Baix, el Garraf, el Penedès y otras poblaciones de la Anoia. Muchos vecinos hace unos 30 años ya nos sentábamos en la carretera para momentáneamente, mientras protestábamos, impedir el paso de los camiones al recinto, y hoy aún estamos ahí.

Haciendo mis cuentas, y si por los favores cedidos el municipio de Hostalets de Pierola recibe 3,6 millones de euros, más si se depositan en el vertedero 900.000 toneladas al año de residuos urbanos e industriales, me sale a perra chica la tonelada del ridículo negocio. Señores, que sí, que al parecer tienen que existir vertederos con sus plantas recicladoras necesarias, pero en los lugares adecuados, cueste lo que cueste la maquinaria y los desplazamientos a los enclaves, puesto que en ello nos va la salud, la vida.

También tenemos otro problema no menor que no se nos debe de escapar, reconozcámoslo. No queremos saber nada de los desperdicios domésticos que separamos en bolsas de plástico que van a parar a media docena de contenedores de flamante acero inoxidable. No obstante, si planteamos este asunto entre familiares y amigos, todos sin excepción presumimos de separar a conciencia el plástico del papel, el detritus orgánico del cristal y así sucesivamente. Y en muchos casos casi seguro que es cierto, pero al menos muchos nos desentendemos en cuanto depositamos los restos y no queremos saber que hacen con ellos en los inmensos vertederos que crecen en las cercanías de muchas ciudades. Ahora que creemos estar más concienciados que nunca, muchos ignoramos dónde acaba nuestra mierda y qué se hace con ella para que no moleste ni nos contamine. Sé, por ejemplo, que hay vertederos para distintas sustancias, pero jamás visité ninguno de ellos y cuando paso cerca del que está entre Esparreguera y Hostalets acelero y ni siquiera miro de reojo, por si se escapa algo.

Por lo general, de estas cosas sólo hablamos cuando se convierten en terribles catástrofes como la de aquel muladar del País Vasco que volvió a arder mientras se buscaba a dos trabajadores sepultados en él, y me pregunto qué tipo de información tendrán las autoridades para pedir al personal que se meta en casa y cierre a cal y canto puertas y ventanas. Lo paradójico es que lo que puede envenenar a los vecinos ha sido generado por nosotros mismos.